ALEJANDRO BASTEIRO
(La Felguera, 1983)

Se escribe de arte y literatura.
La pluma se alquila, la firma ya veremos.

Es la mañana siguiente a San Juan, Lars y yo estamos bebiendo unas latas de cerveza delante de la casa quemada, comentando las cosas buenas que sin duda nos depara el futuro. Lars es una de las personas más pragmáticas que conozco: le valdría con abrir la ventana, dice, y tener ahí una maceta con albahaca para arrancar un manojo y cocinar el buen manjar (sic). Hay que oír hablar a Lars —el Escaldo con Boina, lo llamo yo— para apreciar las virtudes paliativas de su voz, la seriedad con que dicta sus ocurrencias más peregrinas y el jazz de su sintaxis. Le digo que a mí me da igual tener albahaca o estragón si es en una cabañuca de madera junto a un fiordo. Llevo idealizando Noruega, que casualmente es el país de Lars, desde que a los diez años pasé una tarde entera leyendo mitos escandinavos al son de un casete de Edvard Grieg. Lars me dice que en Noruega sobra trabajo. "Pero tienes que saber hacer algo útil. Si fueras ingeniero te recibiríamos con los brazos abiertos, pero no creo que hagan falta muchos escritores."

Dibujo desde que tengo fuerza para levantar un bolígrafo, a pesar de que es una de las actividades más frustrantes que conozco. Leo desde que sé leer, pero mi obsesión por la literatura se la debo a las malas influencias que recibí entre los quince y los dieciocho años: Shakespeare, Poe y sobre todo el pobre diablo de Martin Eden. Pasé casi todas mis noches granadinas de universidad bajo un flexo, malgastando horas de sueño encima de libros y papeles no prescritos. Durante los seis años siguientes administré un almacén de mercancías, lo cual implicaba mantener una caldera industrial de carbón en invierno, y mientras tanto pinté por encargo, impartí clases de inglés y dibujo, seguí leyendo y escribiendo. Luego tuve la suerte de trabajar con dos galerías de arte para las que produje textos críticos y notas de prensa, entre otras cosas. Me gusta cocinar para varios comensales, escucho metal extremo molestando lo menos posible y toco el bajo en la intimidad. A pesar de que siguen sin salir vacantes de escritor en Noruega todavía no he pensado seriamente en tirar la toalla.


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