Seis apuntes breves sobre la Tentación de Estar.

1

No esperaba encontrar un Kiefer colgado en aquella sala ni en ninguna otra durante aquella visita al Guggenheim de Bilbao. Lo vi nada más entrar, porque sus cuadros se conocen bien de lejos, y creo que sentí el pinchazo de entusiasmo al mismo tiempo que la decepción de que se tratara precisamente de Sternenfall. Era el primer cuadro de Anselm Kiefer que veía en persona y hubiese preferido que fuera cualquier otro por una razón muy simple, que es la figura humana que aparece en su parte inferior.

No es lo habitual. Las pinturas del alemán están plagadas de presencias, fantasmas implícitos en la devastación del paisaje y las estructuras desiertas. La naturaleza que representa es una naturaleza razonada, y los grandes temas de su discurso –historia, religión, poesía– están inscritos en cada superficie real o representada, a menudo literalmente. Pero Kiefer no suele pintar personas, y si no hubiera puesto una sola en ninguno de sus cuadros tampoco habría llegado yo a sospechar lo vulgar e impertinente que resulta el antropazo contra un fondo tan bien resuelto y plásticamente coherente.

Sternenfall representa un explosivo cielo nocturno. El tipo que está tirado en decúbito supino sobre la tierra baldía se sobreentiende. Sus pantalones son inexplicables.

 

2

Lo primero que leí de Dostoievski fue Memorias del subsuelo. Tenía veinte años y la paciencia intacta, así que solía tragarme las introducciones de ochenta páginas que abren las ediciones de Cátedra. Ésta explicaba, entre otras cosas, el papel del burócrata en la sociedad rusa del diecinueve. Esto era importante, leía, porque el conflicto fundamental de la novela estaba en las consecuencias de la nueva estructura social y de poder en la psique de un ganapán. Qué me estás contando, pensaba yo. Aquello era nuevo. Siempre hay una primera vez para la novela psicológica, y no hay mejor manera de introducirse que el fraseo voltaico de Dostoievski, pero sucede que en este tipo de novela lo que pasa es un resorte que da al personaje la oportunidad de ocurrir y expresarse, y eso hay que asimilarlo. En Europa gustó la idea, por lo visto, porque durante el siglo XX, Hamsun mediante, los escritores poblaron sus ciudades de personajes masculinos mayormente ociosos (Castorp, Bloom, Meursault, Pasenow, Steppenwolf... así hasta mañana) que no necesitaban gran cosa del mundo para llenar una novela: no hacía falta les mirara torcido un molino, ni ballenas cabronas, ni un lunar estratégicamente colocado en el escote de la Reina de Francia. Muchos casos memorables contribuyeron a una transición estupenda, diga lo que diga el mercachifle de Paulo Coelho.

3

Alguna vez se me ha ocurrido relacionar la literalidad de Kiefer al incluir la figura humana de Sternenfall con la de Dostoievski al transplantarse en el protagonista de Memorias del subsuelo y llenar con su voz todo el espacio narrativo. De alguna manera hay una presencia, un punto de vista que podría haber quedado implícito, una sugerencia velada en el lienzo o en el hilo de la historia. Son dos ejemplos, no sé si buenos ejemplos, del momento en que un creador decide invadir su propia obra de una forma demasiado evidente, una disfunción del ego muy común e incluso necesaria. Yo la llamo la Tentación de Estar.

4

Un autor que no conozco ha dicho en una entrevista (cito de memoria) que si un escritor no trabaja por lo menos tantas horas como el empleado de una gasolinera no tiene derecho a la expectativa de lograr nada significativo. No sé si me explico bien, pero lo importante es que al escritor se le puede hacer difícil evitar que las fantasías egóticas (har–har) se mezclen catastróficamente o directamente desplacen a un segundo, tercer, cuarto plano las trivialidades cotidianas del oficio, tales como sentar el culo y escribir. El otro día puse en boca de un personaje la siguiente opinión, que es más o menos la mía: hay que estar creyéndoselo mucho para llenar dos mil páginas con lo que se le pasa a uno por la cabeza, pero no vale sólo con creérselo. Ni siquiera tienen que ser dos mil páginas: basta con algo como esto.

5

Artaud consideraba que escribir era una guarrada, y en consecuencia todos los escritores unos marranos. No sé si lo decía por esta razón, pero yo creo en la vanidad universal del escritor. Unos disimulan mejor que otros, algunos intentan domesticarla por todos los medios, pero un escritor que lograra desactivar por completo su soberbia tendría que dedicarse a otra cosa. Rimbaud, por ejemplo, dejó de escribir antes de los veinte años y se largó a África a pegar tiros. Poco antes de morir, con la pierna derecha amputada y el resto comido por un cáncer de huesos, alguien le comentó que en Francia todo el mundo alucinaba pepinillos con sus poemas. Rimbaud le contestó: 'Merde'*. Igual que pienso que esperar honestidad a la clase política es como esperar que cague un caballo de madera, opino que no existen escritores verdaderamente humildes. Y no pasa nada: el truco está en hacer lo posible por ponerse en manos de los que parezcan más funcionales. La Tentación de Estar deriva de esta forma de narcisismo. La experiencia, la identidad, el punto de vista y la geometría del propio ombligo son la materia prima fundamental del oficio de un escritor, pero verterse explícitamente en la obra puede generar conflictos a la hora de desempeñarse durante los turnos de gasolinera, tal y como explicaba en el punto anterior.

* Esta anécdota puede no ser del todo cierta, o ser una suma de dos o más anécdotas.

6

La Tentación de Estar es un mal extensible a otras actividades periféricas del proceso creativo. Una de las más comunes es ejercer de escritor mientras no se está escribiendo, y eso sí que es una marranada. Sin embargo, a veces Estar no es una Tentación sino una Necesidad, los famosos gajes del oficio, con lo cual este punto se me vuelve un poco farragoso y no voy a decir más al respecto. También he decidido omitir el argumento que tenía preparado acerca de la distancia más corta entre la mesa del escritor y la mesa de los poderosos, y de la diferencia entre las actividades que se desempeñan en una y otra, por tres motivos:
a. el tema me queda grande,
b. ya serían dos alusiones a Vargas Llosa en dos entradas consecutivas y
c. no os creeríais lo tardísimo que es.