K.O. técnico dichoso.

Hace unos cuantos años salí de cañas con un grupo que de forma accidental contaba con un prestidigitador entre sus miembros. El mago se hizo de rogar cuando le pidieron que se hiciera un par de trucos, pero enseguida sacó la baraja y después ya no pudo resignarse a no ser el centro de atención. Mis amigos estaban encantados con él. Yo no tanto: si intentaba entablar conversación con alguien, el mago me interrumpía para que tirara de un cordel o eligiera una carta, y así pasamos la noche. A la hora de despedirnos estábamos todos de pie en la calle, y en medio de su penúltimo truco se le escapó de las manos una pelotita roja que se fue rodando debajo de un coche. Mientras el mago estaba de barriga en la acera estirando el brazo para alcanzarla, me arrimé y le sugerí que me sacara otra bola a mí de detrás de la oreja.

Detesto a los ilusionistas desde que era pequeño. Nunca he sido propenso a maravillarme y tampoco soy de naturaleza curiosa. Me da exactamente igual cómo lo hacen. Me irrita la expectación general que suele provocar este tipo de charada, y el conjunto del espectáculo me aburre profundamente. Dejar a aquel mago de pacotilla en particular con medio cuerpo debajo de un coche y mirándome con odio borbollante mientras me marchaba a casa, porque me fui a casa nada más soltarle la perla, fue una pequeña venganza que me supo a caramelo. Ahora, esta anécdota puede tener relación o no con el resto de este texto. Voy a ver.

Zadie Smith opina tan bien que cuando la leo me dejo llevar y termino diciéndole que sí a todo. Fue hace unos meses, leyendo su artículo Man vs. Corpse, cuando me enteré de que un tal Karl Ove Knausgård tenía a toda la inteligentsia occidental murmurando por los pasillos con una singular creación literaria. Invertí un par de horas en investigar reseñas y entrevistas donde el elogio de la dimensión y calado de esta obra era como una de esas canciones ubicuas que parecen perseguirte de bar en bar. El estribillo: determinación y minuciosidad de psicópata, un título de una familiaridad apocalíptica, tres mil seiscientas páginas en canal y, como resultado, éxito crítico y editorial (relativo este último) y aniquilación por sobreexposición al público de la vida familiar del autor. Que Karl Ove (me suena entrañable, como cuando una madre se resiste a usar apócopes y siempre llama al niño Luis Ignacio), digo, que Karl Ove escribiera primero un puñado de novelas convencionales e invisibles y de repente se arrancara con esto, y que el exabrupto haya terminado en jackpot es una anécdota literaria estupenda. ¿No hizo lo mismo Lady Gaga, que tocaba el piano y se dejaba peinar como una señorita sin que nadie le hiciera ni puñetero caso hasta que se puso un gorro de carne cruda y una ametralladora en cada mama? ¿Y David Markson, a otro nivel que entiendo mucho más respetable, llevando su escritura por un camino sin retorno en los últimos años de su vida? A veces es necesaria una clase diferente de valentía para dejar de incurrir en la mediocridad, pero tampoco eso es garantía de nada.

Compré el primer volumen de Mi lucha (tal cual) queriendo que me gustara, pero lo abandoné en la página doscientos y pico, hastiado de la vida de Karl Ove, de sus cafés y sus semáforos en rojo, infectado de una creciente antipatía por su persona/je. Me limité a apartar el libro y no revolver más, ni siquiera quise sentirme mal por haber tirado el dinero. Experimento fallido. No era lo mío, ya está.

Meses después volvió a llegarme el runrún persistente, los ohs y los ahs de sus admiradores, y volví a picar y salté otra vez por el agujero de Google persiguiendo al conejo blanco. Encontré una foto de Zadie Smith al lado de Karl Ove, los dos un poco extraños, mirando a cámara como si no les hubieran dado tiempo a terminar de ponerse la sonrisa. Pero muy guapos igual, porque los dos están buenísimos para ser escritores. Estaba visto que la marca Karl Ove no dejaba de ganar prestigio. Me pareció detectar que desde algunas madrigueras literarias ya se imitaba su estilo notarial. Adictos al zumbido estático de su prosa, se confesaban algunos que ni siquiera estaban seguros de que aquello tuviera calidad. Otros decían que su escritura desprovista de teleología nos expone a las miserias de la existencia. Que la vida no es un camino hacia, sino un camino a través de, etc. Que aburrirse dignifica. Proust y Sebald en el espejo. Hipnótico. Lúcido y honesto, lo adjetivaba un medio (?) nacional en la introducción de una entrevista. Al final de la conversación, Karl Ove advertía que después de semejante ordalía –escribir a chorro y sin tamiz durante años, metabolizar la ascensión de su persona pública mientras se desmoronaba su vida familiarquizás nunca volvería a escribir algo de valor. Vaya por dios.

Rescaté el primer tomo de Mi lucha de la estantería y empecé donde lo había dejado meses atrás. Apenas recordaba lo que había pasado en las doscientas páginas anteriores, pero me pareció irrelevante por la propia premisa de la novela. En las treinta o cuarenta páginas que leí a continuación Karl Ove seguía bebiendo café, articulando a medias reflexiones aleatorias, clicando el ratón para desactivar el salvapantallas y ver la hora, siendo un capullo con su mujer embarazada, y ya lo tuve que dejar definitivamente, bastante irritado, pensando que si a veces me costaba tener sesiones de lectura de calidad con libros que me interesaban, qué narices hacía picando allí donde era evidente que no tenía nada que rascar. Como soy nuevo en las redes sociales todavía me tienta incurrir en gazmoñadas como escribir en Twitter '#Knausgård I quit'. Un noruego lacónico emergió del maelstrom virtual para decirme que se apenaba por mí.

Mientras leía a Karl Ove llegué a sentir una atonía mental similar a la que siento delante de la tele. En ambos casos tengo la sensación de que no se espera nada de mí, de que sólo tengo que ponerme cómodo y presenciar un fenómeno, y eso me provoca ansiedad porque tiendo a pensar que en este tipo de intercambio uno obtiene una recompensa directamente proporcional a su inversión en términos de esfuerzo y atención. No me divierten los espectáculos que sólo son espectáculos. No quiero comprar la idea de que necesito matar mi tiempo y alimentar mis instintos morbosos. Sospecho que el prestigio de la literatura de Knausgård legitimiza los gustos inhibidos de la clase intelectual, que no suele permitirse reconocer en público el consumo de determinada clase de contenidos televisivos y periodísticos. Si las tres mil cuatrocientas páginas de la Lucha de Knausgård que no he leído son más de lo mismo, el único motivo para invertir mi tiempo en ellas sería simple curiosidad por la vida de Karl Ove como acontecimiento diacrónico, y no como hecho literario. Las ganas de enterarse de por qué la mitad de su familia no le habla y el resto se está medicando, y mientras tanto reconocer en cada cigarrillo, cada viaje al supermercado y cada pataleta conyugal el devenir insustancial de nuestra propia vida, el vertedero de momentos que cebamos sin descanso hasta que morimos, o hasta que lo redactamos a puro huevo y lo vendemos y nos hacemos de oro. Reconozco que esto último puede sonar bien, pero sobre la página y a efectos prácticos a mí me ha parecido una mierda y ya me he preguntado en un par de ocasiones si lo que le gusta al público es leer a Knausgård o lo fácil que es leer a Knausgård.

(Nota intercalada: a pesar de que el autor presume de haber prescindido de artificios literarios para redactar su tocho, hay que notar frecuentes pasajes en los que el texto se ilumina de clichés y retórica blandengue. Es decir, que se considera una brillante opción estilística que Karl Ove escriba chato y sin sustancia, pero cuando la cabra tira pal monte su prosa deja bastante que desear.)

Espero que este ejemplo no cunda entre los escritores de ficción literaria, porque estoy convencido de que un escritor debe ser capaz de encontrar recursos más meritorios para ser honesto y valiente. De momento ésta es la aportación de Karl Ove, ese noruego de belleza canalla que sonríe y enseña al público la pelotita que nos ha sacado de detrás de la oreja .