Diez pasos de separación.

Mientras me comía la cena en la tele estaban dando una escena en que Ray Liotta cruza la calle y le rompe la cara a un tío con la culata de una pistola. En 1990 era imposible predecirlo, pero vista hoy la escena parece uno de esos actos de violencia en la calle, el patio de un colegio o una zona en conflicto (lo que antes era una guerra) que quedan grabados en las tripas de sílice de un dispositivo móvil. La frialdad del metraje ya resulta acongojante, pero la tensión de la escena se mastica en el triángulo voyeur que acota la paliza como un ring: un vértice es el ojo del director, que también es el nuestro, y los otros dos son los colegas del fulano apalizado por Liotta, que se quedan mirando sin atreverse a intervenir y obligándote a pensar si tú intervendrías, si serías tú la excepción que desafía la regla.

Me terminé el sándwich y quité la tele.

Un puente sobre el Drina (esc. Ivo Andrić, 1945)

Unas pocas páginas me bastan para darme cuenta de que no sé nada de la vieja Yugoslavia. Que uno piense que sabe algo de Japón, de los Estados Unidos o de su propio país cuando utiliza sus productos culturales ya es una buena trampa. Está bien darse cuenta, pero Yugoslavia está más cerca que todos ésos, excepto España, y creo que sólo sé que allí hubo uno o varios magnicidios, una o varias guerras, que en las tardes distraídas de mi infancia la mención de bosnios y serbios venía siempre acompañada de cascos azules y tableteo de kalakas, y que años después aprendí de Marina Abramović cómo se matan ratas en los Balcanes. Un puente sobre el Drina puede dar la sensación de ser una novela un tanto ligera en ritmo y profundidad física para lo complejo de la realidad que refiere, pero se trata de una obra de orfebrería y su sabiduría narrativa aniquila cualquier noción convencional de cómo se relata un conflicto de sangre y espíritu.

Desde un punto de vista literario no cuesta ningún trabajo comprometerse en la lectura. A través de la traducción, imposible para mí saber si es buena o mala, se adivina que Ivo Andrić tiene un gusto añoso por las palabras y que de vez en cuando es indulgente con sus ganas de ordenarlas de formas vistosas. Es posible que mucho más vistosas en su lengua original que en español. No es lo más importante en este caso. Un puente es una novela extraordinaria desde el punto de vista formal porque lo tiene todo en su sitio y en la medida oportuna: el tiempo, el espacio, los personajes. Por ese orden. En su manipulación del parámetro fundamental de la novela, el tiempo, Andrić se desempeña como un director de orquesta: frena y acelera a conveniencia siempre en beneficio del conjunto. Luego el espacio geográfico, con centro en el puente y caja de resonancia en la ciudad de Visegrado y tierras aledañas, está explicado y delimitado según las necesidades y urgencias de cada compás de la novela, pero siempre con parquedad. En medio, los personajes tienen el espacio oportuno y adecuado a cada escenario consecutivo. Como es una novela que abarca varios siglos y por tanto muchas generaciones, no hay mucho espacio en páginas para cada uno de ellos, pero su presencia resuena mucho tiempo después de desaparecer. No sobra nada, porque la conclusión de cada episodio y permutación de estos tres elementos cae sobre la mismísima kapia del puente que cruza el Drina a la altura de Visegrado, Bosnia-Herzegovina. No es que quiera ponerme a explicar todo eso aquí, porque una cosa es verlo y otra saber reproducirlo o siquiera contarlo, pero es agradable darse cuenta cuando una novela está bien andamiada y tiene un oficial competente al mando de la obra. Estamos cansados de leer novelas que funcionan mal por culpa de la mala administración de estos recursos. Andrić, hablando pronto y mal, lo clava.

La parte que a uno le cuesta más entender es la del calado humano y moral de la historia. Un puente sobre el Drina, gracias también a la repercusión que tiene el premio Nobel para la fama de un escritor, está considerada un documento clave para la comprensión de un territorio histórico tan complejo como los Balcanes en el resto del mundo, pero no ha dejado de provocar controversias en su propio contexto sociocultural: si atiza la ira histórica contra los musulmanes, si es suficientemente descriptiva y fiel para servir como texto formativo en las escuelas, todo eso. Todo depende, en realidad, de cuánta complejidad estamos dispuestos a asimilar para poder enseñarla después, y también de si hemos entendido ya de una santa vez que alguien que escribe una novela, ficción al fin y al cabo, no se compromete a contar la verdad ni debería ser juzgado bajo una perspectiva absoluta en caso de que no lo haga. Se compromete, más bien, a mentir como un cerdo y a manipular las respuestas emocionales del lector, que es de lo que va este oficio. Mi opinión a vuela pluma es que no se debe enseñar historia con una novela, ni se debe enseñar literatura con un texto capaz de provocar una respuesta demasiado sanguínea por la cercanía y trascendencia del suceso contado. El resultado será casi siempre una instrumentalización tendenciosa de dicho texto, no siendo que el docente resulte fino cual roedor arbóreo.

Pero ya lo he dicho: qué sé yo de puentes entre civilizaciones si sólo conozco una comunidad endogámica empotrada en un valle minero, cociéndose en su propio jugo.