El efecto de la cafeína en los primates...

El coronel Chabert (esc. Honoré de Balzac, 1832)

Derville, procurador, clausura esta obra diciendo que ha sido testigo de crímenes horribles contra los que la justicia es impotente. Se refiere a crímenes morales, perpetrados por sujetos que al servirse de la ley para perseguir sus intereses traicionaron y arruinaron a seres queridos que se vieron de repente en el bando perdedor de un litigio doméstico. Hete que la aplicación del Derecho puede propiciar la ocasión de que surjan nuevas faltas sobre las que el propio Derecho no tiene jurisdicción. Bonito dialelo.

Esta estupenda novelita de Balzac me ha hecho acordarme del concepto de ficción moral que defendía John Gardner en aquella entrevista del Paris Review. El destino del Coronel Chabert es inevitablemente cosa nuestra. No siempre pasa con los personajes literarios, ni es necesario, pero si sucede y sucede en una narración de estas características, donde el trayecto hacia ese destino delinea la propia historia, sabemos que nos han servido un plato preparado con buena mano. Ahora, cuando hablo de la preocupación de un lector por el destino de un personaje no me refiero sólo a la curiosidad por enterarse de qué pasa con lo suyo al final, sino al vínculo empático que se va forjando por el camino. Por eso Gardner.

John Gardner dejó caer que el buen artista se preocupa más por plantear preguntas que por ofrecer respuestas. La novela en particular se construye mejor sobre preguntas, y la cuestión fundamental a la que suelen apuntar esas preguntas es cuál o cuáles son las actitudes y disposiciones ante la vida que vale la pena perseguir y cultivar. Gardner hace hincapié en que vivir es mejor que morir, y el arte moral busca avenidas hacia la vida (sic). Podría parecer obvio, pero la obra de muchos escritores sugiere lo contrario. Me viene el ejemplo de la gastadísima ironía postmodernista, que en el fondo es una forma de tomar una de esas avenidas en sentido contrario.

Creo que tenemos un buen ejemplo de ficción moral en El coronel Chabert. Este héroe de guerra se ha visto de vuelta en la casilla de salida de la vida, o más atrás incluso, por culpa de una suerte imposible. De su encuentro con Derville arranca el proceso de restauración de su identidad y patrimonio. A Chabert no le cabe duda de que la restauración es lo que desea y le conviene. Los bandazos que da la historia a partir de entonces –en un estilo decimonónico abreviado para la ocasión– acaban forzándole a cuestionar su deseo y a la larga a renunciar a él después de que su noción de lo que es mejor sufra un viraje drástico. El triunfo moral en esta historia le llega a Chabert de mano de su dignidad marcial y de la claridad de visión que le otorga el haber sido despojado de absolutamente todo, pero quien recibirá los beneficios de ese triunfo será Derville. Chabert ya es viejo y su herida espiritual, como la cicatriz que se trajo de su primera tumba de Eylau, no tendrá tiempo de sanar. Derville ha sido artífice –mediante otro acto moral– y testigo del intento de Chabert de recomponer su vida y de su renuncia posterior al conocer el precio real de su deseo, es mucho más joven, y ha sabido aprender de la experiencia. En ese sentido, esta novela breve me ha recordado a Bartleby, el escribiente, y en cierta manera el personaje de Derville es análogo al (también) abogado sin nombre que emplea Melville para contar la historia del triste plumilla: ambos presencian la estrepitosa caída de un individuo irrepetible que nunca podrán olvidar. Su responsabilidad, puesto que son personajes de obras de ficción moral, y la nuestra como lectores, es transitar la avenida hacia la vida animados por lo que sea que hayamos aprendido de esta historia.

Desde un punto de vista plástico y más lúdico, el teatrillo que monta Balzac en estas cien páginas escasas es muy entretenido. En la marca de los tres cuartos del libro, cuando Chabert y la señora Ferraud se encuentran por primera vez en la oficina de Derville, se cierra una mecanismo circular que se había puesto en marcha en la página uno, con la primera aparición de Simonnin el saltacharcos y hasta la segunda y definitiva, incluida la referencia de Chabert a la sordera que fingía el crío en su anterior encuentro. Hasta ese punto, la novela es una gestación simétrica de los acontecimientos que se narran a continuación: el conflicto efectivo entre los dos excónyuges, con Derville relegado de sus funciones de alcahueta inversa al papel de testigo funcional, y después la conclusión.

Los tres personajes principales respiran con salud. Derville es joven, trabaja como un mulo y despacha de madrugada, lo cual lo rescata de la indiferencia de su papel de procurador y le da un aire excepcional. De Chabert poco hay que decir, porque su amargo periplo por las sombras y el recordatorio de su frente hablan por sí mismos. Y la condesa de Ferraud, que podría haber resultado con facilidad el personaje más plano y cargante, se caracteriza por esa fe errónea en su propia inteligencia, rasgo que la hace entretenida y está muy bien llevado por Balzac, y sobre todo por su primera aparición física, inolvidable, desayunando en batín entre cacharritos de plata y nácar mientras comparte el café con un mono amaestrado.

Para terminar, subrayar la frase que cierra la historia: París me produce horror. Tengo a la protagonista de Pygmalion Knockout en las mismas, huyendo de París, inspirada a su vez en la morriña crónica de L'Encaisseur, harto de andar bajo tierra como los topos en la tan festejada Ciudad de la Luz.