Una orestíada alleniana.

Blue Jasmine (dir. Woody Allen, 2013)

A sus casi ochenta años, Woody Allen ha conseguido adelantarse por la derecha.

¿A quién sorprende la última llamada de teléfono de Cate Blanchett en Blue Jasmine? ¿Qué adjetivo le ponemos a quien consigue dejarnos satisfechos con un desenlace que rasca la obviedad? El signo de los tiempos narrativos –visual o literariamente– puede ser la abolición temporal del giro inesperado, el punchline descacharrante o la mano divina que retire las castañas del fuego de una trama dudosa. En los salones de la creación audiovisual ya mandan los que mamaron hitos generacionales como Seven y El sexto sentido, los que se engancharon después a todos los seriales posteriores a Perdidos y se saturaron las venas con los cliffhangers de Juego de tronos, siempre con un ojo puesto en los foros virtuales para poner pegas a todo y deificar lo que sobrase. Conocimos el culto al teaser y el terror al spoiler. El centro de gravedad de las narrativas audiovisuales basculó hacia los créditos finales y a día de hoy, en consecuencia, muchos espectadores sólo toleran la estrecha franja de excelencia que sobrevive entre el desenlace predecible y el inverosímil. Entrenan el músculo del escepticismo varias horas al día en sus cuentas de Twitter, guardan sus respetos con candado y sólo sacan la llave en reconocimiento a aquellos que sepan ganarles la partida del ¡AH!.

Renunciando a medírsela con nadie, Woody Allen le dio a la caza alcance. Es posible que Blue Jasmine supere a Match Point por la sencilla razón de que es más simple, una historia magra y elegante con cada personaje cocido en su punto

De Cate Blanchett ya se ha dicho todo. Es probable que sea yo el penúltimo en sentarse a alabar su festín presencial e interpretativo. Será culpa de la falta de sueño o de que me he sentido demasiado identificado con la debilidad mental del personaje, pero cada una de sus intervenciones me ha dejado el vello de los brazos como una columna de soldados norcoreanos. No he sido capaz de reírme del patetismo del personaje, pero tampoco he sentido la tentación de rechazarlo por histriónico. Mientras Jasmine sermoneaba a los niños en el bar lo pasé francamente mal, porque sé lo que es escuchar a un adulto borracho cuando eres pequeño. Cada vez que se le desintegraba el gesto sentía que la traspasaba algo real, a Cate Blanchett mientras actuaba y no al personaje que venía superpuesto a la mujer.

Y está bellísima de rancia, cacharro en mano, Galadriel suburbana.

Como es Woody Allen podemos perdonarle el flagrante deus ex machina del final: se llama Andrew Dice Clay y está casi irreconocible. Después de reventarle a Jasmine un noviazgo inviable culmina su vuelta a los ruedos con una sentencia demoledora:

“Some people, they don't put things behind so easily”

Le tiembla la voz al tío, me cago en la leche. Luego da una calada a un cigarro que sale de la nada, puro Ford Fairlane, y se larga. Casi todos podríamos tomar ejemplo de un tipo que se limita a decir lo que sabe de la forma más clara posible. Por si esto fuera poco, su intervención desencadena la mejor escena de la película. Se puede decir que Edipo, por gracia de Freud y su invento, es una de los nombres clave del siglo pasado. Su historia, instrumentalizada hasta quedar casi irreconocible, le resulta familiar a todo el mundo, pero el mito de Orestes, que es una inversión especular de Edipo, permanece fuera del dominio popular. Orestes y su hermana Electra asesinan a Clitemnestra, su madre, que había matado a Agamenón, su padre.

La entrada de Jasmine en Antonio's tiene la luz y la tensión del momento en que los héroes se adentran en la guarida del monstruo sin tener muy claro qué es lo que van a encontrarse. En este momento de la película, casi al final, Jasmine ha perdido todos sus atributos de heroína a lo largo de una dolorosa bajada al Tártaro. Conociendo a Woody Allen, no creo que la simbología sea casualidad. La tienda de instrumentos musicales en la que trabaja su hijo es un tugurio claustrofóbico, una leonera, una caverna. Él está al fondo, con la cara deformada por la luz de un ordenador. Casi parece un fantasma. Me voy a conceder la licencia: es como si Jasmine, dentro del caos de su propia cabeza, evocara una imagen imprecisa y cruel del hijo, el único legado que sobrevive a la caída en desgracia de su exmarido. Jasmine está allí para apurar sus opciones de encontrar la redención, pero no puede evitar reprocharle a Danny que optara por un modo de vida indigno. Danny no se siente conmovido por el estado en que se encuentra su madre y se limita a darle el coup de grace con la impasibilidad de un matarife. Este último golpe deja a Jasmine French hablando incoherencias en un banco público, donde un último pase de Blue Moon cierra la película en el tono ligero habitual.

Jasmine, claro, sólo es la madrastra de Danny. Me la juego a que Woody se quedó con las ganas de hacerlo bien del todo.