Nudos y quebradas.

El mensaje caló rápido en el aula: el dibujo a línea es de paletos.

Cuando uno empieza la escuela de arte el proceso más costoso no es la incorporación de ideas nuevas, sino el ablandamiento de las viejas e incluso su abandono. Todo el mundo piensa que sabe todo lo que hay que saber sobre arte y el aspirante a artista no es una excepción. Por eso cuando te fallan los preceptos y compruebas que sólo con tus gustos no te alcanza no tardas en darte cuenta de que necesitas más espacio. Vas a tener que tirar algunos muebles viejos. En esta fase del aprendizaje lo cuestionas todo. Lo que piensas, lo que te parece que sabes, todo es demasiado fácil y predecible y te sientes como si quisieras fugarte de una celda cavando un túnel con una cucharilla de postre. Es bastante probable que otros no lo vivieran así. Para mí, sin embargo, descubrir que no tenía madera de artista fue una expedición amarga.

La librería Urbano de Granada dejó de existir un par de años antes de que yo me fuera de la ciudad. El material que se apilaba en aquel semisótano estaba compuesto de ejemplares descatalogados, libros de segunda mano, stocks ignotos y otras excrecencias editoriales. Por uno o dos euros te llevabas ediciones viejas de clásicos Austral, antologías poéticas publicadas por casas extintas, facsímiles mohosos y libros de texto con solera. Entre todos ellos, mis tres descubrimientos favoritos:

1. Unos Mitos griegos un tanto psicoanalíticos de Paul Diel, prologados por Gaston Bachelard.

2. Aquella antología de poesía no-social de Gabriel Celaya, con sus versos atómicos y ese precioso catálogo de maravillas minerales que es Iberia sumergida.

3. Un librín de Taschen sobre Egon Schiele.

Los monográficos de Taschen eran muy socorridos para un estudiante sin pasta. En la Urbano había una mesa llena de torres levantadas con ejemplares de Arcimboldo, Hundertwasser, Hokusai, y también Schiele. A mí era Schiele el que más me gustaba. Además de ser misterioso y pornográfico al mismo tiempo, que ya es bastante meritorio, era tremendamente didáctico para un aprendiz de dibujante. Cuando lo descubrí no tuve reparos en fusilar su estilo, en la medida de mis posibilidades. Con el tiempo, su influencia en mi trazo fue quedando escondida por estratos y sedimentos de otras influencias posteriores, pero hoy todavía me sorprendo tirando líneas que parecen guiadas por satélite y cuyo origen reconozco a la perfección. Son gestos aprendidos e integrados que vienen de atrás, de cuando me avergonzaba de que el arte me pareciera una línea infinita y accidentada, llena de nudos y quebradas, que iba yo qué sé adónde con Dios sabe qué intenciones.

Es posible que por este motivo terminara decantándome por la literatura. A nadie le extraña que un escritor componga con líneas, y soy demasiado proclive a dar explicaciones que nadie me ha pedido.

El año pasado trajeron a Schiele a Bilbao y tuve la oportunidad de verlo por primera vez. La exposición estaba presidida por un retrato fotográfico del artista con las manos en oración. Manos de asceta, se comentaba. Sí que era una especie de sacerdocio, el oficio de esas manos. Hasta las adolescentes que posaban para él quedaban investidas de ese atributo místico en sus poses más delictivas, y de otros, de sus propios rasgos. Siempre era él el sujeto del dibujo: una profusión de ángulos, pómulos y nudillos que miraban, la fabulosa reinvención de la estructura ósea que acota el vientre. Todos los ángulos humanos estaban ampliamente representados en la muestra de Bilbao. No aprendí nada nuevo sobre Egon Schiele el día que visité la exposición, pero probablemente la culpa fue mía y del óxido acumulado en mis mecanismos de aprendizaje. El tour circular por la sala, a favor de las manillas del reloj y en contra de las manillas de mi propia vida, tuvo el sabor agridulce de los reencuentros con aquellos viejos amigos con quienes ya no tenemos tantas cosas en común.

De vuelta en Granada: el año que descubrí a Schiele fue el de mis primeros dibujos del natural. Además invertí algo de dinero en un manual de anatomía artística muy coqueto, más inspirador que práctico. Aprendí leyéndolo que esos huesos que tensaban el vientre de las figuras del austriaco como el armazón de una carpa se llamaban crestas ilíacas. Clavículas, escápulas, rótulas: me di el gusto de mirar el cuerpo humano como una tormenta perfecta de esdrújulas.

Algunas veces los modelos de las escuelas de arte son terroríficos. Son tan normales, con tantos peros, que estás con la mosca detrás de la oreja mientras dibujas. Temes que al final del ejercicio se baje uno de la tarima y te diga: ponte tú ahora. Había uno con una barriga redonda y peluda. Me tocó dibujarlo bastantes veces, y siempre me las arreglaba para sacarle las crestas ilíacas como fuera. Más de uno y de dos profesores cuestionaron mi costumbre de insinuar huesos donde no tocaba.

A día de hoy les contestaría que por mucho que haya un modelo, se dibuja como se vive. Siempre de memoria.

Eso también lo aprendí de Schiele.