...y el del ácido úrico en los córvidos.

Tengo complejo de mal amante con las ciudades que visito. Me obsesiona no conseguir que se sientan especiales. No suelo reconocer las virtudes que las enorgullecen y en cambio las toco demasiado por esas partes imperfectas que las avergüenzan. Lo primero que busco en cualquier ciudad es un lugar donde sentarme y desplegar los mapas, los refugios cálidos donde saben lo que tomas en cuanto entras dos veces, esos escenarios modestos que se dejan transitar todas las veces que haga falta sin invadir la atención. Me gusta aprender a comprar el pan y a echar una carta al correo en una ciudad nueva. Al final, lo que le pido es que finja que lo nuestro viene de largo y durará para siempre. Justo lo contrario de lo que hace un buen amante, que besa y arremete con todo según pasa y después apenas deja el fantasma.

Hay ciudades en el mundo que tienen cuervos en vez de palomas. Osaka es una de ellas, según me contó una vez Akihiro. Aki detestaba los cuervos de Osaka, les tenía tanto asco como el que les tenemos a las palomas los habitantes de las ciudades que no tienen cuervos. Otra ciudad con cuervos es Bergen. Estuve en Bergen dos días del mes de septiembre de 2011 y de allí también me fui con la sensación de no haber estado a la altura.

La segunda mañana la pasé en unas canchas cercanas al acuario, viendo un torneo de fútbol infantil entre equipos mixtos. La mayoría de los jugadores eran cachorros de vikingo poco hábiles, y entre ellos destacaba sin remedio una niña rubia con dos trenzas largas que despedazaba defensas con un asombroso repertorio de regates euclidianos. Había un central de cara redonda y colorada que había renunciado a perseguirla y se limitaba a admirarla cuando entraba como una flecha por su posición. Después de que mi equipo ganara el torneo (el equipo de la niña, que jugaba de amarillo y negro) bajé al centro. Llegué al puerto al mismo tiempo que la lluvia y me infiltré bajo los toldos del Fisketorget para buscar algo de comer. Anduve un rato oyendo la lluvia arreciar en el linóleo, incapaz de elegir un solo plato de pescado, marisco o ensalada de aquel banquete monstruoso extraído de las aguas del fiordo. En uno de los puestos había un viejo de barba blanca con un chubasquero rojo que husmeaba un caldero de gambas hervidas sin acercarse demasiado. Vi que le enseñaba un puñado de calderilla a la moza del puesto, y vi a la moza coger la calderilla y sacar cinco o seis gambas con la paleta, echarlas a una bolsa de plástico y dárselas al viejo. Era un triste botín. Échale más, le dije a la moza en inglés. Yo las pago. Me miró para asegurarse de que hablaba en serio. Al ver que tenía la cartera en la mano le pidió al viejo que le devolviera la bolsa. El viejo comprendió que estaba invitado cuando vio que la moza cebaba la paleta. Le di el visto bueno a la cantidad y pagué con un billete de veinte coronas. El viejo me hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza y se fue con sus gambas, renqueando sobre una muleta que yo no había visto hasta el momento. La moza del puesto me preguntó si yo quería algo, pero ya había decidido que comería en un restaurante que había visto junto al agua al pasar de camino al mercado.

Pedí sushi, pastel de pescado con remoulade, ensalada de rúcula y una botella de agua. Desde la terraza cubierta veía al viejo sentado en un banco del puerto, pelando gambas bajo la lluvia. Varios cuervos se habían reunido a su alrededor y se disputaban las cáscaras y las cabezas que el viejo tiraba al suelo.

Pinché el último trozo del pastel de pescado con el tenedor y lo usé para rebañar los restos de remoulade del plato. Se acababa mi tiempo en Bergen y empezaba a sentir que la ciudad estaba decepcionada conmigo. Era un sentimiento un tanto pueril y mi parte racional trataba de ignorarlo porque, la verdad, qué podía esperar de mí una ciudad como aquella. Pasó el camarero con un trapo en la mano y me preguntó si me había gustado la comida. Mucho, gracias, le contesté. Además, en Noruega, o al menos en los restaurantes que yo había elegido para comer, tienen la costumbre de cobrar antes de servirte, lo cual me agrada. Siempre me ha parecido más conveniente pagar la comida cuando uno tiene hambre que hacerlo después de saciarse. Estupendo, dijo el camarero mientras secaba los charcos de lluvia de una de las mesas.

Miré en dirección al puerto y vi el banco vacío. El viejo ya no estaba. Quedaba un revuelo de cuervos que limpiaba los últimos restos del banquete: grandes pájaros negros, perlados de lluvia, que se tiraban estocadas como estatuas resucitadas por la tormenta. Cuando terminaron con todo abandonaron el suelo de adoquines y en dos aleteos se distribuyeron por el respaldo del banco y un muro de piedra cercano. Su formación obedecía una jerarquía indescifrable. Yo salía del restaurante en ese momento. El pájaro que estaba más cerca de mí abrió las alas para reclamar mi atención. El Jefe Cuervo solicitaba audiencia. No sé cómo, pensé, pero este hijo de puta sabe quién paga las gambas.