Ich liebe Eis!

Estamos el tío de la copistería y yo, codo con codo delante de la pantalla del ordenador. El sistema operativo es un windows del precámbrico que ha visto días mejores y usuarios más respetuosos: éste se empeña en azuzarlo a punterazos y blasfema entre dientes mentándole a la placa base. Por fin aparece mi carpeta y a continuación se materializa una hilera de archivos. Le señalo la imagen (eis.jpg), la clica y el ordenador expectora la imagen de un hombre maduro que mira de frente a la cámara y sorbe un helado con expresión traviesa. Repito lo que quiero: imprimir, guillotinar a sangre y plastificar. El tío de la copistería se pone manos a la obra. Se le ve en la cara que el encargo le divierte.

Mientras va con la tarea de una máquina para otra, el tío de la copistería me pregunta si el señor de la foto es un familiar o alguien. Además de ser una pregunta potencialmente embarazosa, me la ha formulado contestada. Es obvio que es alguien. No es un familiar, es un escritor. A esto no dice nada, está dándome la espalda. Sí, soy de ésos que plastifican fotos de escritores. Y éste qué escribe, me pregunta. Me tienta decirle que escribe cosas, ese alguien, pero le contesto una imprecisión menos hiriente. Él llega a la conclusión de que es uno de esos profundos. Es un profundo, ¿eh? Un triste. La prensa, la plastificadora, como se llame, se abre con un ruido neumático. El tío de la copistería me entrega la fotografía. Compruebo que ha quedado bien y saco la cartera. Sí lo es. Me despido con la mano. Es un loco. Un loco y un suicida. Ni te acerques a sus libros, quedas avisado. Salgo a la calle y camino hacia la más cercana de mis cafeterías habituales. Pido algo de beber y algo de comer, y mientras me lo preparan pongo la fotografía de Thomas Bernhard comiendo un helado dentro de Corrección, novela que empezaré por el principio cuando termine de desayunar.

Me parece complicado escribir sobre Thomas Bernhard. Todo el mundo lo ha hecho ya, algunos hasta se han tomado la molestia de estudiar su obra a fondo primero. Su fama le precede y no le hace justicia, pero cualquiera puede deducir de sus puntos gruesos si le interesa o no leer una sola línea de este legendario agitador. Es cierto que Bernhard fue un escritor tremendo en muchos aspectos. Su prosa es despiadada, pero no gratuita. Se repite como el ajo pero no espanta, y aunque parece desordenada no es difícil de leer. El hombre estaba obsesionado con un puñado de temas morbosos e impopulares, pero no era un suicida ni un degenerado. Tampoco estaba loco, aunque puede ser útil tomarlo como tal.

La locura y el genio son dos estupendos atajos que a menudo se toman en sentido contrario a la verdad. Cuando alguien hace algo difícil, o terrible, extraordinario en cualquier caso, es cómodo llamarlo loco o genio porque la acotación nos exime de responsabilidades a los que nos creemos normales: nosotros no seríamos capaces de tanto, para bien o para mal. Nosotros, los normales, no sentimos la presión de materializar grandes logros ni la tentación de cometer grandes atrocidades. Aceptar que seres humanos iguales que nosotros son capaces de la excelencia y la abyección es ponernos en una situación incómoda como especie. Hitler y Leonardo no fueron Juan Cualquiera: echadle la culpa a los genes, a los extraterrestres, a la serotonina.

Un tipo como Bernhard escribe una novela como Corrección y después de unos pocos cientos de páginas, desconcertantes si uno no está acostumbrado, expone la tesis de que la vida es una sucesión de rectificaciones que inevitablemente simplifican y reducen los contenidos, y que el suicidio es la sublimación del proceso. Roithamer, el ideólogo que está detrás de esta teoría, se suicida. Tranquilos, que ya lo dice la contraportada. No es de esas novelas (tipo oh!), sino de las otras (tipo mm), una que habla de ambiciones desbordadas, de la soledad, de las fallas de la identidad, pero con un ángulo de incidencia incómodo, en un tono que desafía el tabú. Lo más tranquilizador es pensar que un escritor así tiene que ser un loco, o al menos expresarse voluntariamente a través de personajes que están locos.

Un inciso biográfico: Bernhard no se suicidó. Hemingway sí, por ejemplo, pero no era un suicida sino un cazador. Wallace, que se colgó, no era en absoluto un suicida, y otros escritores que sí lo fueron murieron de viejos en la cama. De estos últimos no digo nombres porque suelen caerme mal. Es complicado, y en cualquier caso no deja de ser mi opinión.

La escritura de Thomas Bernhard es un estado de ánimo. Una fiebre. Lo dijo él, no recuerdo si utilizando estas palabras u otras. En Corrección no hay merenderos que inviten a aparcar un rato y hacer una pausa saludable (léase: no hay puntos y aparte). Es una prosa monolítica, pero también es sinfónica. Se oye con los ojos, demanda atención al conjunto, perspectiva, un mínimo de oído musical. Es abrupta y torrencial y parece descuidada, pero la composición es contundente e infalible como una estampida de bóvidos. Que el caos y la arbitrariedad aparentes consigan disimular un uso magistral del punto de vista y las transiciones entre las distintas voces que narran la historia es una de sus virtudes más escandalosas. Otra: sus estribillos, que parecen inofensivos, al final te hielan la médula.

Conviene recordar que se trata de una traducción, con lo cual el éxito del recurso es todavía más sorprendente.

Las páginas de Bernhard se leen a la velocidad y con la intensidad que quiere Bernhard: mucha. El argumento y el desenlace, como dije antes, están en la contraportada. ¿Por qué leer Corrección entonces, o a Bernhard en general? Por la música, por el trayecto emocional, si no por puro interés en testificar cómo trabaja un escritor único y escandalosamente bueno. Pero ojo: puede hacer daño si se aborda de cualquier manera, porque Thomas Bernhard era demasiado lúcido para rebajarse a dar lecciones o impartir sabiduría. En vez de eso, mostraba cosas que no a todo el mundo le gusta ver.

O estaba demasiado loco.

(A estas alturas ya tenéis que saber si queréis leerlo o no.)

Aunque no tan loco que no le gustaran los helados.