Musa.

Una vez salí con una chica que fue troceada por un loco.

Los dos estudiábamos en la Facultad de Bellas Artes de Granada, en un edificio que sirvió de manicomio hasta los años ochenta. Durante mis años de universidad todavía conservaba sus características ventanas, altas y muy estrechas, lo suficiente para que un adulto no pudiera pasar siquiera la cabeza. La comunidad académica mantenía fresco el recuerdo de lo que había sido el edificio: al pequeño anexo donde tenían su despacho dos o tres profesores, por ejemplo, todo el mundo lo llamaba el tanatorio porque precisamente ésa había sido su función en el pasado.

Cuando se fundó la Facultad de Bellas Artes Alonso Cano, el psiquiátrico se trasladó al otro lado de una verja que delimitaba el patio trasero. A través de esta verja, cuando uno cruzaba el patio para ir de un aulario a otro o se sentaba a la sombra en un banco, veía a los internos descansando o paseando al sol en su nueva residencia. Todos los días, un grupo de esos internos pasaba al otro lado de la verja para desayunar en nuestra cafetería del pabellón de Escultura bajo la supervisión de una enfermera. No solían ser más de cuatro o cinco de cada vez. Recuerdo a un gordo que apenas se movía. Llegaba liderando la comitiva en su silla de ruedas, empujado por la enfermera, con un artilugio extraño ceñido a la cabeza. Unas esponjas entremetidas bajo las cintas de metal le protegían las sienes de rozaduras. Otros parecían bastante normales, y alguno aparentaba padecer un retraso mental más que una psicosis. El loco que despedazó a mi novia solía ir vestido de calle con un batín azul encima, cosa bastante extraña, pero aparte de eso no había nada llamativo en su comportamiento o en la expresión de su cara. Es posible que se moviera más lento de lo normal. Durante media hora, los internos tomaban café y comían bollos en nuestra cafetería mientras los estudiantes entrábamos y salíamos cargados con bastidores y carpetones, las batas manchadas de arcilla y pintura.

Un día estaba yo al fondo leyendo un libro, creo que El llano en llamas, cuando llegó a mi mesa esta chica que salía conmigo ojeando un taco de servilletas de papel. Se las había dado el loco lento de la bata azul nada más verla entrar.

–Me ha'crito un poema.

Recibí el taco de sus manos y empecé a leer las palabras cuidadosamente caligrafiadas en la primera servilleta: LOS OJOS. LAS OREJAS. LAS CEJAS. LAS PESTAÑAS. LA NARIZ. LA BOCA. EL PELO. EL PELO. EL PELO. EL PELO. LAS MEJILLAS. LA BARBILLA. El poema continuaba en la segunda servilleta con las mismas mayúsculas pulcras y rectas: EL CUELLO. UN HOMBRO. OTRO HOMBRO. EL PELO. LOS OJOS. TUS PECHOS. La miré a ella un momento. Estaba echándole azúcar al café. Seguía el poema: UN PECHO. OTRO PECHO. LOS BRAZOS. UNOS PECHOS. EL OMBLIGO. TUS LABIOS. UN DEDO. UN DEDO. UN DEDO. Dejé las servilletas encima de la mesa, entre su taza y la mía. La importancia que ella le había dado al incidente era ninguna. Cero absoluto.

–¿Y te gusta el poema? –le pregunté. Ella sorbía con dificultad su café hirviendo, así que esperé por la respuesta.

–Tá loco –contestó mientras encajaba la taza en el platillo. Y se puso a fumar.

Al día siguiente, el loco del batín azul no vino a desayunar café con bollos a la cafetería de Bellas Artes. Al otro tampoco. Al tercero le pregunté a la enfermera por qué ya no venía el caballero del batín, y me contestó que ya había reposado sus seis mesecitos y lo habían devuelto al cortijo de su familia, en Jaén. Le pregunté en voz baja cómo de loco estaba. La enfermera empuñó la silla del interno obeso con morrión de marciano y empezó a girarla con pericia en dirección a la puerta.

-Como todos, más o menos.

Sacó al inválido rodando de la cafetería y todo su extraño séquito la siguió de inmediato como una estela intermitente.

La chica que inspiraba a los locos y yo rompimos la relación unas semanas después, en diciembre. El poema se lo quedó ella, supongo.