Ciempiescos.

Traduzco a continuación una cita de la escritora británica Zadie Smith:

“Cuando los escritores reconocen sus fallos, suelen reconocer los más pequeños: por ejemplo, en todas mis novelas hay alguien que revuelve en su monedero buscando algo porque fui demasiado perezosa e inconsciente y desatenta para separar monedero de su vieja e inseparable amiga revolver. Revolver en un monedero es pasar sonámbulo por una frase: una traición pequeña, en realidad, pero una traición igualmente. En mi caso personal, la razón última por la que escribo es para no andar sonámbula toda mi vida. Pero es fácil admitir que una frase te da grima; menos fácil enfrentarse al hecho de que para muchos escritores hay párrafos, personajes enteros, libros enteros por los cuales uno anda sonámbulo y para los cuales inauténtico es en verdad el término correcto.”

Zadie Smith, Falla mejor

Zadie Smith es una escritora carismática, hiperconsciente y extraordinariamente bien formada. Educada en Harvard y titular de un curriculum de publicaciones y cumplidos por parte de la crítica poco habitual en un autor menor de cuarenta, es difícil no tener en cuenta su opinión con respecto a los procesos de la creación literaria y el pulso actual de la novela como género. La cita anterior está sacada de uno de sus artículos, y me llamó la atención porque parecía arrimarse a defender una postura concreta en una guerra intestina tan vieja como la literatura: decir sencillo o verboso; exponer con claridad y fluidez oral o gustarse un poco y dejar que la nata del estilo engorde la prosa.

La mayoría de los escritores dejan claras sus lealtades en este conflicto. Los más relevantes y los más manipuladores son peligrosos de consultar porque siempre parecen tener razón y defiendan la postura que defiendan, e incluso cuando se contradicen, te ves indefenso y arrastrado como entre las fauces de un cocodrilo. Smith, por las credenciales que he mencionado antes, tiende a resultar muy persuasiva en sus manifiestos en favor de la elaboración y el barroquismo como signos de inteligencia y lucidez.

Conocía un buen número de sus artículos y entrevistas, pero hasta hace un par de días no había empezado ninguna de sus novelas. NW, su ficción larga más reciente, tiene menos amigos que otras de su catálogo pero es coherente con el conjunto de su obra: una epopeya urbana a mediana escala donde contrastan voces, generaciones, tonos de piel y estratos sociales, narración no lineal cableada de diálogos sensibles a las variantes locales del lenguaje, propulsada por un fraseo que sólo descansa de ser complejo para ser sincopado y lapidario. En cuanto al tono moral, el conjunto huele un poco fuerte a buenismo, cuyo ejercicio público equivale a perfumarse con ambientador de coche para una cita. El producto es brillante, cómo no, pero a mí NW me ha aburrido un poco. He forcejeado durante ? páginas con una prosa que me frena en lugar de transportarme por un argumento que en realidad no me interesa, pero he seguido adelante porque el oficio de Zadie Smith escritora, la mujer al otro lado del aparato, es admirable y aunque suene a esnobismo yo no leo sólo por placer sino también por penitencia y convicción. Llego al capítulo que arranca con esta frase:

"Desde el bolsillo de Felix una orquesta digital tocaba una pieza de música clásica de un anuncio de aftershave de su infancia."

A Felix le estaba sonando el móvil, no lleva mucho trabajo llegar a esa conclusión, pero me gustaría poder desleer esa perífrasis tan esforzada. Me acordé entonces de la cita del principio, me acordé de la Zadie Smith sonámbula que quería ser zarandeada sin compasión para permitir que la Zadie Smith consciente y auténtica tomara las riendas de su vida y su persona literaria. La frase es espantosa, leña húmeda, traducida y en el original, pero cualquier articulación de los elementos Felix, sonar, móvil, bolsillo o Felix, música, bolsillo o simplemente Felix, contestar, puesto que la frase sirve fundamentalmente para introducir un diálogo incorpóreo, cualquiera de esas alternativas, decía, debe de haberle parecido inadmisiblemente sonámbula para haber preferido la forma que finalmente eligió.

Casi ninguna de las personas que va a leer este texto pertence a la clase de perturbado que se preocupa de estas cosas. Pero esa clase existe, os lo aseguro. No hay numerus clausus y Zadie Smith es de las que levanta la mano y entrega los trabajos voluntarios. Cuando decía que está extraordinariamente bien formada me refería a que reconoce a la perfección lo que está leyendo cuando lee y lo que está escribiendo cuando escribe, en una cantidad abrumadora de sentidos académicos y literarios, puesto que no es otro sino éste el motivo por el que fue a Jarbar. Cuando la calificaba de hiperconsciente quería decir que lo sabe, que no se puede olvidar, y que muy a su pesar le importa, con todas las consecuencias. Leed otra vez la cita sobre los monederos y el sonambulismo: en la prosa de un escritor así no existen las casualidades, sólo premeditación o dejadez. Si la omisión de una coma, la presencia de un vocablo extraño o una construcción sintáctica dudosa en un texto producido por uno de estos escritores no son pura fe y puro cálculo, es que su trabajo ha sido insuficiente y pobre. Ella tiene que saberlo, es imposible que no lo sepa e impensable que no le importe. Zadie Smith no quería revolver más en su monedero porque quería estar despierta, y de tanto espantar al sueño ha terminado insomne.

Una vez, el decano de mi facultad me contó una fábula de la India o de por allá alante: había un Ciempiés que estaba bailando en la plaza de una aldea ante la admiración de toda la gente que se había parado a verlo. La fluidez y la coordinación del movimiento de tantas patas tenían al auditorio hipnotizado. Un niño que estaba en primera fila le preguntó al Ciempiés cómo era capaz de mover un pie detrás de otro de aquella manera sin tropezarse. El Ciempiés no sabía qué contestar, así que empezó a prestar atención al movimiento de sus pies y a la secuencia de sus pasos para obtener una respuesta. Obviamente no tardó en enredarse y morder el polvo, aunque supongo que le echarían alguna moneda.

Es probable que en la versión de mi profesor la pregunta fuera formulada por un adulto malintencionado, pero me parece menos cruel para el Ciempiés que la cortada de rollo sea consecuencia de la curiosidad de un niño inocente. Vosotros contadlo como queráis.

El caso es que esa hiperconsciencia a menudo da más disgustos que alegrías, porque la literatura no es ni puede ser una ciencia. A ninguno de los niveles posibles: ya les gustaría a muchos. El artículo Fail better de Zadie Smith habla fundamentalmente de esa cuestión, con grandes dosis de autocrítica implícitas (lo podéis leer (en inglés) aquí http://tetw.org/Zadie_Smith). La conclusión en trazo gordo es que la excelencia en literatura es a menudo cuestión de carácter y lucidez más que de técnica y lo que narices enseñen en Harvard, y la hiperconsciencia literaria (ehm) no suele ser más que un overflow de información y estrategia que puede resultar venenoso. Dicho todo esto con la boca pequeña.

El frenazo y la tentación de abandono en este punto de NW me fastidia, porque es obvio que no puedo respaldar la osadía de machacar a Zadie Smith presentando una obra, ni siquiera una página mejor escrita que la peor de las suyas. Tampoco es mi intención porque me agrada Zadie Smith, de verdad. Me preocupa sobre todo la cuestión de la hiperconsciencia porque no paro de preguntarme dónde me ha dejado a mí este proceso, salvando las distancias, primero como lector y justo a continuación como escritor. Es razonable sentir cierta o mucha ansiedad al calcular las propias aspiraciones, cuando escribir sin pretensiones le queda a uno fuera de mano. La campana ha sonado ya: no se puede destañer una campana. Las dificultades técnicas, psicológicas y hasta psicomotrices de sacar adelante un texto de ficción literaria pueden crecer exponencialmente si se empiezan a tener en cuenta demasiados factores (ver Ciempiés). Se pierde la perspectiva de los motivos últimos, o se exageran esos motivos hasta dotarlos de una nitidez insalubre, alejando la posibilidad de ser razonablemente consecuente con ellos y lo que es peor: de componer un texto con un mínimo de honestidad.

Después de deponer NW empecé a leer un libro antagónico que viene al pelo de esta reflexión, el único libro que llegó a escribir su autor. Está traducido al español en Anagrama con el título Bajo el signo de Marte, que sugiere una retórica de la que el texto carece por completo. El original se titula simplemente Mars, Marte en alemán, exactamente igual que la traducción al inglés que estoy leyendo. Marte pues.

Fritz Zorn escribió Marte y después murió. Era muy joven para morir, más o menos tenía la edad que tengo yo ahora. De él también se puede decir que era hiperconsciente, pero no literariamente hiperconsciente sino hiperconsciente a nivel casi molecular, del fracaso de su existencia y de la inminencia de su muerte. La  composición del texto es pura yuxtaposición de momentos y reflexiones, sin trucos ni circunloquios. La urgencia y la amargura con que registra su derrota son desoladoras.

No quiero sugerir que Marte y los libros como Marte sean mejores y más de verdad que NW y otros similares, en absoluto. Hay muchas más formas, además, de escribir y leer libros. En este caso me ha parecido entender que el cáncer le enseñó a Fritz Zorn lo que nadie aprenderá jamás en Harvard. Esto me sirve para registrar mi momento presente como lector, un tanto perdido en la necesidad de aprender técnicas y obtener información. La consecuencia a medio plazo ha sido cierta sobrecarga que empieza a impedirme disfrutar de los libros como antes de que sonara la campana.