Involuntario, 1.

Mi cara está a un palmo de la pata gruesa y musculosa de un enorme lagarto volador. Sus escamas forman un mosaico de variaciones de un púrpura luminoso, de cualidad táctil asombrosa. El animal está ensillado y pertrechado con aparejos de cuero, algo excesivos pero muy estéticos. Las bolsas y alforjas, aseguradas con correas a la doble silla, tienen capacidad para mucho equipaje.

Se abre el plano y me veo al lado de una casa, junto a la puerta principal. La casa es de madera y piedra, pero su estructura es moderna. Está en el centro de una finca de hierba acotada por altos muros negros, a la que se accede por un portón de apertura eléctrica. Mi anfitrión es un hombre grande y rocoso, con abundante pelo negro en la cabeza y el torso, que me dice: 'Ahora volaremos al sur mi mujer y yo. No tardes más de dos días en venir.'
Revisamos la casa y los cobertizos, me recuerda cómo se activan los sistemas de seguridad, cómo se apaga el gas. '¿Cómo vas a viajar tú?' Le contesto que por el río, convertido en salmón. Él tiene serias dudas de que vaya a llegar a tiempo de esa forma. Le recuerdo que me manejo bien en el agua, y que viajaré a favor de la corriente. Le aseguro que me daré toda la prisa en terminar mis tareas en la casa para partir cuanto antes.

'Es posible que llegue antes que vosotros', advierto mientras escala hasta la grupa del dragón. Su mujer ya está montada en el asiento delantero y se abrocha el correaje de seguridad alrededor de los muslos y la cintura.  Es todavía más alta y fuerte que él, con la cabellera trenzada en sogas rubias. Los dos me echan miradas incrédulas desde la silla, mientras el dragón elonga la espalda y aguarda una señal para salir.

Durante el resto del sueño soy un pez que nada a velocidad de vértigo en una especie de first person shooter con unos gráficos acojonantes.