¿Por qué una piedra?

No lo sé, le dije al chaval. No tengo ni idea de por qué hay una piedra en la portada.

En la cubierta del primer tomo, debajo del título, viene la foto de una piedra alargada que en su extremo superior se estrecha sin afilarse. Los contornos son suaves, y tiene algunas manchas de color arcilla que parecen colonias de líquenes. El segundo volumen también lleva piedras en la portada, pero en otro plan: seis piedras con textura de pizarra, largas también, pero en este caso parecidas a espárragos o dedos. Las seis piedras están de pie, en fila, como un sector de la empalizada de una aldea primitiva. O mejor como una barrera de futbolistas en una falta, porque las piedras difieren bastante en altura y un poco en grosor. Los dos libros tienen en total más de mil quinientas páginas y vienen en un estuche blanco de cartón que pone SCHOPEN en el canto con una tipografía negra tremenda...

–¿No se te ocurre nada?

…y continúa HAUER por la parte superior. El datáfono no leía la tarjeta y él no dejaba de tocarse el grano que tenía debajo de la oreja izquierda, justo fuera de la barba. La pregunta no era charleta casual para matar el silencio. Entendí que esperaba una respuesta, y le dije con suficiente educación que en cuatro años como empleado de una cadena de librerías uno aprende algunas cosas, pero no tantas como piensan algunos, y que a mí Chopenjawer me parecía un nombre gracioso sin más. Sabía que era filósofo y estaba muerto. Mis ideas sobre la posible relación entre los cientos de páginas de una cosa llamada El mundo como voluntad y representación y un trozo de materia inorgánica gris, aburrida y apta para abrirle el cráneo al prójimo no iban a aportarle nada significativo, si él era el tipo de persona que habitualmente se lleva esos libros a casa. Nada más lejos de mi intención que ser impertinente.

Pitó el datáfono.

Ahora. Le pedí por favor que marcara su número secreto, y él llevó su dedo índice directamente del grano al teclado numérico.

–No hace falta bolsa.

Recibió su compra con las dos manos. Sopesó el estuche un segundo, y luego lo inclinó de manera que el primer tomo resbaló hasta su zurda. Dejó el resto en el mostrador y empezó a pasar las páginas del libro, el que tenía la piedra gris y roja con la forma de una bala de gran calibre en la portada. 'El mundo es mi representación', leyó. Me miró un momento levantando sólo los ojos para ver si le prestaba atención. 'Nadie puede salirse de sí mismo para identificarse directamente con las cosas distintas a él; todo aquello de que se tiene conocimiento cierto e inmediato se encuentra dentro de su conciencia.' Volvió a mirarme, esta vez levantando la cabeza entera. El grano de su cuello parecía una uva madura. Por lo menos el libro era tan aparatoso que no le dejaba ninguna mano libre con la que toquetearlo.

–¿Entonces?

Entonces qué. Barrí la librería con la mirada y no vi que ninguno de los cuatro clientes que ramoneaban por las estanterías tuviera prisa por pasar por caja. Entonces, qué.

–¿Nada? Piensa un poco.

No había pensado hasta ese momento que me estuviera vacilando, aquel cabrón, el tipo de mona pretenciosa que se gasta cuarenta euros en algo así, que encuentra tiempo en su vida para leer esa basura elitista y se molesta en implementarse con la clase de conocimiento que sólo sirve precisamente para esto: para auparse a un lugar diferente y misterioso para el resto de los mortales desde el que echar la vista abajo y verme a mí, a un gilipollas como yo, en fastuoso contrapicado, un paria con un polo rojo y el nombre impreso con una falta de ortografía en una chapa de plástico, hincándose, hincándome mis cuatrocientos ochenta minutos diarios de customer friendliness y saberse–

–Perdóname si te estoy molestando, pero me interesa mucho cualquier cosa que se te pueda ocurrir. ¿De verdad no te dice nada?

Me había fijado en él antes de que entrara, cuando estaba afuera mirando el escaparate con las manos en los bolsillos de la parka. Le calculaba edad de posgrado universitario, pero su calvicie tiñosa lo envejecía sin remedio. No miraba nada en particular, más bien daba la impresión de estar haciendo tiempo. Así estuvo casi diez minutos hasta que decidió entrar. Cuando lo detectó el sensor y se abrió la puerta se detuvo en seco, horrorizado como un fugitivo bajo un cañón de luz. Hizo amago de girarse, pero al final pasó a la tienda.

Veamos. Me apreté los ojos con el índice y el pulgar. Un par de horas más y a casa: lo que hace un filósofo es tratar de encontrarle un sentido al mundo, ¿no? Pues. Vamos a ver.

–Sí.

Intenté tragar una cosa amarga que me estaba volviendo por la garganta, y seguí: todos tenemos nuestras obsesiones, nuestras mierdas, cosas que la mayor parte de las veces no tienen demasiada importancia en realidad. Yo, la verdad, cuando veo que alguien como este hombre, el filósofo Schopenheimer, es capaz de tomarse a sí mismo tan en serio como para llenar ese disparate de páginas con lo que se le ocurre y opina y dios sabe qué más, pues, yo, mm. No puede ser tan importante, es lo que quiero decir. Es como si alguien se enamorara perdidamente de una piedra y quisiera convencerte de que se trata la piedra angular del universo, el tapón de bañera de la existencia. A lo mejor el tipo que diseñó la edición también se dio cuenta de esto y por eso en la portada puso una piedra, que es la cosa más tonta a la que uno le puede dar importancia.

–Es una burla, entonces.

Aire, otra vez: no necesariamente. A lo mejor la piedra no era importante en sí, al principio, pero es probable que después de un esfuerzo de dos mil páginas la cosa haya cambiado de alguna forma.

Algo grande y caqui se materializó entre mi cliente y yo, bloqueando el contacto ocular, escondiendo el destello pequeño y trémulo de esperanza de sus ojos y el grano asqueroso que le deformaba el contorno de la cabeza. Literalmente: un hombretón en gabardina, con una maraña de pelos grises vigilándole el perímetro de la coronilla, que le quitó el libro al chaval como quien eviscera un cerdo y lo estampó en el mostrador al lado del otro tomo. Detrás llegó una mujer con los ojos crudos y encogidos, apretando un pañuelo contra la nariz. Estiró un brazo y lo enroscó con cuidado en la cintura del chaval. Él estaba petrificado, ni se atrevía a respirar. La mujer lo tomó por los hombros y él empezó a moverse hacia la puerta sin ofrecer resistencia. El hombre de la gabardina se dio la vuelta, me miró a la cara como si me hubiera cagado en su césped y me preguntó si su hijo había abonado el precio el libro. La madre le estaba diciendo al chaval: 'Ya tienes muchos como ése, cariño.' Cariño rompió a llorar. Le dije al padre que sí lo había pagado, pero le podía reembolsar el importe si lo deseaba.

–Es igual –me contestó mientras dejaba una tarjeta de visita y un billete de cincuenta en la mesa–. Acuérdate de su cara y llámame si lo vuelves a ver. No le dejes comprar. Está enfermo.

Ni siquiera se llevó los libros. Alcanzó a su familia y le pasó un brazo por la espalda al chaval, que al sentir el contacto soltó un aullido que llevaba tiempo obstruido dentro y ahora arrastraba y rompía membranas de contención a su paso. Sacudió los codos para ganar espacio. El bolso de su madre cayó al suelo y se vació. Su padre perdió el equilibrio y tiró un par de libros de la mesa de novela negra escandinava. Él gritaba: No entendéis nada, no es sólo una piedra. Su padre intentó taparle la boca con la mano, pero el repetía: Es mucho más que una piedra.

La mesa de novela negra escandinava terminó volcada y tuvo que venir uno de los vigilantes del centro comercial para sacarlos a la calle. Dediqué el resto de la jornada a borrar el rastro de aquella gente de mi espacio laboral, y a la hora de salir ya ni me acordaba de ellos.

Tres días después, el chaval volvió a presentarse en mi mostrador con El mundo como voluntad y representación en dos tomos, el mismo ejemplar que yo había devuelto a la estantería. Llevaba una tirita en el sitio del grano. Nos saludamos.

–No te preocupes, volveré a pagarlo –me dijo.

Miré de refilón la tarjeta pegada al monitor de mi ordenador con un trozo de celo. Abogado, primer apellido compuesto. Debe de gustarte muchísimo Schopenhauer, le dije al chaval.

–No lo sé. No entiendo nada de lo que escribe, nunca puedo leer más allá de la tercera o la cuarta página porque no entiendo nada. No entiendo nada. Lo que dijiste el otro día sobre la piedra, eso sí lo entiendo.

Cómo se lo digo, pensaba yo.

–¿Pero por qué hay seis piedras en la portada del segundo tomo?