París, 2.

Estaba agarrado a una cruz de forja, muerto de frío y con los pies metidos en un canalón lleno de hojas grises. Era una de las mañanas más desapacibles que recuerdo y la temperatura mucho más baja de lo que había previsto. Me llegó una voz que venía saltando tumbas y me di cuenta de que me llamaban a mí. Ocho o diez sepulturas más abajo, un hombre con una pala al hombro me miraba desde el vano de un mausoleo. Entendí que me estaba preguntando si buscaba a alguien, aunque mi francés es demasiado escuálido para saber si dijo literalmente alguien (esto daría, como dice L'Encaisseur, para un ensayo). Pronuncié lo mejor que pude el nombre de Emil Michel Cioran, le philosophe. El enterrador empezó a remontar el desnivel que nos separaba mientras yo descendía. Cuando nos encontramos a medio camino me dijo que le acompañara, torció a su izquierda y le seguí comme le Destin charmé, comme un chien, por un estrecho pasillo de lápidas.

Por el camino intercambiamos algunas frases en inglés, muy roto el suyo y el mío algo oxidado. Le dije que era español. Learn anglais in school? Contesté que sí, aunque no es verdad. I no go school, dijo. Era un pieza magro, una osamenta con peluca empaquetada en un mono de lona. Quitando que tenía un aire más travieso que siniestro, era un enterrador de libro. Mentó a algunos españoles que dormían en Montparnasse: Cortázar, Vallejo. Le dije que no eran españoles, aunque no es que a mí me importe mucho la nacionalidad de los muertos, ni la de los vivos, y él puso cara de no estar dispuesto a debatir la cuestión. Luego dijo no sé qué de Neruda, que no sé a qué venía porque no está enterrado en Montparnasse. No me dio tiempo a preguntarle porque habíamos llegado. Se cuadró como un ujier para decir Emil Cioran, y acto seguido y sin despedirse me dejó solo delante de una sepultura discreta y malvestida con los restos de una bandera rumana tan vieja y descolorida que parecía francesa. O quizás era una bandera francesa tan vieja y amarillenta que parecía rumana.

El frío era insoportable, como si me anduvieran en las fosas nasales con una navaja.