Bruselas, 4.

La mujer le dio un beso al niño. La mujer, que era alta, le dio un beso al niño, que era más bien un bebé. El camarero de la puerta le dio fuego a la mujer. El camarero de la puerta era un subordinado de la mujer, que probablemente era la gerente del moules et frites. La mujer llevaba una discreta joya adornándole el hueco supraesternal. El niño, que era más bien un bebé, estaba en brazos de su madre. La mujer, que era alta, llevaba unos tacones que la hacían mucho más alta. El bebé estaba durmiendo y se despertó cuando la mujer le dio un beso. El pelo de la mujer, que era negro del todo, tocó la cara de la madre del bebé cuando la mujer se agachó a darle un beso al bebé. La madre del bebé estaba en el suelo, a unos pasos de la puerta del moules et frites. El moules et frites era uno más de las decenas de moules et frites que hay alrededor de la Grand-Place. La madre del bebé, que estaba en el suelo y tenía al bebé en brazos, llevaba un hiyab en la cabeza y apenas ropa de abrigo. Era de noche. Era diciembre. La mujer llevaba un traje de negocios negro y una camisa blanca. La mujer, que probablemente era la gerente del moules et frites, estaba fumando en la puerta del moules et frites cuando se fijó en el bebé, que estaba en brazos de su madre, que estaba en el suelo. La mujer le dijo algo a la madre, que no contestó. La mujer le hizo una carantoña al bebé, y luego le dio un beso en la cara al bebé. Después de darle un beso en la cara al bebé, la mujer, que era alta y además iba encima de unos tacones de un palmo, y que probablemente era la gerente del moules et frites, tiró el cigarro a la calzada y entró de nuevo al local. La calle estaba llena de gente. La madre, que seguía en el suelo, intentaba borrar el beso rojo y redondo de la mejilla de su bebé. No sé por dónde empezar a describir la expresión de su cara.