París, 5.

Hace diez años que Jean Loiseau no pisa un museo. Antes de la última vez, había llegado a acostumbrarse a esa atracción física inexplicable que se hace más intensa con la proximidad, hacia el fuego, el vacío bajo un puente, una obra de arte o los labios de un hombre. Loiseau, que es aficionado al arte y tiene algunas nociones de composición, sabe que en un cuadro es preferible que dos elementos contiguos se corten a que estén demasiado cerca sin tocarse. A menudo los márgenes demasiado rácanos se saturan de un magnetismo que puede hacerse insoportable a una psique sensible, y Loiseau está convencido de que era justo eso lo que a él le provocaba espasmos gravitatorios en presencia de algunas de las cosas que, pensadas en frío, él prefería mantener a cierta distancia de su cara. Porque el fuego quema y a Jean Loiseau le gustan las mujeres. ¿Por qué iba a querer coger un puñado de rescoldos con la mano o besar a un hombre? No parecían ideas mejores que saltar el quitamiedos de un viaducto. En los museos, por prudencia, él iba con cuidado y controlaba las distancias, pero nunca llegó a perder el miedo a dañar una obra de arte.

Aquella última tarde el Palais de Tokyo ofrecía una exposición monográfica de Sonia Delaunay, y a Jean Loiseau le estaba gustando tan poco que empezó a pasear por las galerías y a arrimarse a las vitrinas sin medir distancias ni vigilarse los pies. Por una vez en su vida parecía un visitante normal. Bajó la guardia. En la cuarta sala tropezó con un marco que estaba demasiado cerca del vano de acceso. Todavía no se explica la secuencia de acontecimientos. El cuadro, una pieza monumental, se descolgaba de una de sus esquinas superiores y se le venía encima. Jean Loiseau hacía por sujetarlo por la moldura inferior y sin querer, al intentar mantenerlo lejos del suelo, se desenganchaba la otra esquina, el lienzo pivotaba y le caía encima. El esbelto pico de Loiseau, patrimonio genético y orgullo familiar, atravesaba el lienzo con un ruido seco y preciso como un pistoletazo de salida. Detrás del pico, todo el resto de Jean Loiseau entraba en el cuadro y reaparecía íntegro al otro lado, como en una pesadilla carrolliana.

Jean Loiseau abrió los ojos antes de terminar de recuperar la consciencia y durante diez o quince segundos estuvo sin estar, hipotérmico y tembloroso. El vigilante de seguridad lo abanicaba con un folleto y le sujetaba la cabeza. “Lo he roto y no puedo pagarlo” fue lo primero que dijo Jean Loiseau al despertar. Pero el cuadro estaba entero y en su sitio, espantoso pero funcional. Una guía del museo lo ayudó a beber unos sorbos de agua y le dijo que había sufrido un desmayo. Jean Loiseau se incorporó como pudo y pidió salir. El vigilante se ofreció a acompañarlo a la puerta del Palais, donde se paró a secarse el cuello y aspirar el aire vespertino. El Sena y las hojas caídas bajaban la avenida con un murmullo sincronizado. Lejos de cualquier objeto que pudiera tirar con el codo o desgarrar con el pico, Jean Loiseau se hizo dueño de sí mismo. Mientras doblaba su pañuelo se dirigió al vigilante para darle las gracias y encontró su mostacho demasiado cerca, sus labios de una osculabilidad irresistible.