París, 7.

L'Encaisseur se dio cuenta de que tenía calamares en vez de manos después del tercer cañón de cerveza. Había un tufo ácido en el aire y una tele encendida que daba un partido de fútbol de la liga española. L'Encaisseur dijo que era agradable poder jugar después de siete años a que estábamos los dos en París, dejó los tentáculos en orden y bien estirados sobre la mesa y añadió: la gran capacidad del ente spinoziano es ser afectado por las cosas. Non sequitur, dije yo, y él: no, atiende. No es amar, es la virtud de asumir ser amado. ¿Como los verbos deponentes del latín? Como los putos verbos deponentes del latín. L'Encaisseur apartó sus calamares de mi vista. Es un modo de hacer. Tener la benevolencia de delegar en el otro, o en este caso en el contexto (París), la responsabilidad de constituirnos. Dicho todavía de otra forma: sernos a través de lo que padecemos. Pero tú te estás resistiendo demasiado a París, has llegado y te has puesto a dar vueltas por aquí con el culo todo apretado. Le estás echando un pulso a una ciudad que vive con restos de metralla en la carne, Bas. Unos tipos hicieron OOH y al girarme vi la repetición de una jugada en la que Isco bajaba un balón imposible con un paso de ballet. Deja que la ciudad ponga de su parte. El camarero, que era uno de los que miraban el fútbol, se tocó la punta de la nariz y nos dijo algo en francés. ¿Qué dice?, pregunté. L'Encaisseur estaba distraído mirándose los calamares. Dice que estamos sentados demasiado cerca del cuarto de baño.