París, 1.

Sería simpático ver los dos organigramas superpuestos, es decir, pensados para presentarse al mismo tiempo, el organigrama sentimental y el organigrama de autoridad, de una misma persona, tu vida, entendiendo que algunas de las personas que aparezcan en uno seguramente aparecerán en el otro, o en la mayoría de los casos será así, en el mío es así. L'Encaisseur lleva una cacharra color caqui. Una mujer de rasgos latinos sube al vagón y se instala a nuestro lado con un amplificador portátil y un micrófono. No sé cómo se podría resolver. Podría hacerse. Le digo a L'Encaisseur que seguramente sí, podría hacerse. La mujer empieza a cantar Ya no estás más a mi lado corasón... Es decir, uno, el sujeto, sería el centro de ambos organigramas por separado, y por tanto debería ser el centro del organigrama conjunto, pero los vectores que generan los afectos no son jerárquicos, ni tienen por qué ser recíprocos. Necesariamente. ¿No son jerárquicos?, le pregunto. Bueno. No. ¿No? Digamos que no. El organigrama sentimental sería más complejo en ese sentido, circular, por ejemplo, que el organigrama de autoridad, que sería lineal. Bajamos en Réaumur-Sébastopol antes de que la mujer termine de cantar. Y unidireccional. Sí, claro, unidireccional. Tomamos la línea 3. En el otro extremo del vagón hay un zíngaro viejo tocando una especie de giga con el violín. L'Encaisseur me dice que aquello suena como irlandés, y yo le digo que suena fatal. El violín es un madero encordado, una astilla con ínfulas. Eso es lo interesante (L'Encaisseur), poner ahí juntos los afectos con las relaciones de poder, y ver cómo funciona en cada caso en particular, en los casos en que un sujeto aparece en los dos organigramas, porque ahí está el mejunje del invento. Me sonrío porque conozco bien a L'Encaisseur y llevaba un rato anticipando la palabra mejunje. El zíngaro termina la giga y empieza a tocar un bolero. Coño, digo. Qué. Es la canción que estaba cantando la mujer del otro tren, y tarareo: Ya no estás más a mi lado corasón... L'Encaisseur gira la cabeza hacia el zíngaro, que le saca al instrumento lo que buenamente puede. ¿Sí?, me pregunta. Yo siempre dudo de todo, pero esta vez le contesto sin reservas: te lo juro.