París, 9.

París está lleno de leones. Se echan la siesta en las aceras del Boulevard Sébastopol, gobiernan los andenes de Denfert-Rochereau y colapsan las escaleras mecánicas de Châtelet. Estiran la espalda bajo el sol y se fortalecen con la helada. No sé si se preguntan cómo de suyo es el suelo, no sé si les importa, pero se mueven como no he visto a nadie moverse por el corazón de Europa, tan deudores o herederos de los fundadores como cualquiera. Los leones que defienden los accesos al Louvre, el que mató la grulla en un recoveco secreto de los Jardines de Luxemburgo, el imponente y geométrico león de Belfort: entre todos predijeron la llegada de una avalancha de mentones dominantes y ahora la respaldan con una bendición circular. Alguien como yo no tiene mucho que decir sobre esto, porque mis intersecciones con la Historia son pocas y accidentales, pero me he fabricado esta opinión desde mi modesta experiencia: el suelo no se hereda ni se merece, sólo se ocupa o se abandona.