Irlandés en la nevera.

Durante los meses de invierno la cámara de frío era un buen sitio para leer. A veces entraba con un libro, me sentaba en una caja de plástico y echaba los ratos muertos de la jornada laboral. La temperatura del almacén tenía que estar bien por debajo de los cero grados, porque los cinco positivos que había dentro de la cámara bastaban para templarme el cuerpo.  Hubo un año en que las temperaturas más bajas coincidieron con una contractura de cuello y espalda que me duró más de una semana. El dolor me despertaba por las noches y no solía estar muy descansado cuando el despertador sonaba a las cinco y media. Me podía apañar para levantar a mano una torre de palés de quince alturas y mover pesos moderados, pero en esas condiciones no me quedaba más remedio que dosificar el esfuerzo físico y en consecuencia el almacén estaba más desordenado de lo habitual.

A muchos de los camiones de reparto los conocía por el ruido. Casi siempre sabía qué mercancía me estaba llegando antes de que la caja del vehículo asomara por el muelle: en este caso, un pedido de aceite que había hecho por teléfono cuatro días antes. Después de meter el camión, el transportista vio que la puerta de la cámara estaba abierta y vino a buscarme.

—¿Tas estudiando? —me dijo.

Le di un 'hmm' por respuesta.

—Ibas a estar aquí si tuvieras cabeza pa estudiar.

En esta clase de trabajos no está bien visto quejarse de dolores porque todos los tienen. Después de unos cuantos años cobrando por levantar, empujar y arrastrar cosas, quien no tiene una hernia discal sufre un codo de tenista y de ahí para abajo es todo agua de borrajas. Si estás jodido de verdad hablas con la mutua y te quedas en casa, y si no a callar. Así que le ayudé a descargar los cuatro palés: uno de litro, otro de dos, uno de latas de cinco y el último mezclado. Los dejamos alineados en el muelle para la inspección. Después de verificar el envío y firmar los albaranes ya era cosa mía organizarlos. No podía dejarlos ahí hasta que se me pasara la contractura porque el almacén quedaba impracticable. Los tres enteros había que moverlos con la transpaleta manual (entre una y dos toneladas por palé), pero el cuarto lo tenía que desmontar caja por caja. Me tomé otro relajante muscular y en cuanto el dolor empezó a remitir me puse a la tarea.

Cuando terminé volví a la cámara frigorífica, donde 'El innombrable' de Samuel Beckett me esperaba encima de una pila de cajas de margarina. Creo que es la novela que más se me ha atravesado en mi vida y a esto también contribuyeron el dolor, el sueño y sobre todo el frío, las muchas y largas horas de frío. Me costaba diferenciar el perjuicio que correspondía a cada causa, incluida la propia novela, que es bastante indigesta de por sí. A veces no me quedaba más remedio que dejarla un rato, porque tenía miedo de quedarme dormido en la nevera y que alguien me encontrara. Estaba machacado, hecho una santa mierda, pero para mí la lectura era parte del trabajo. El almacén era el mejor sitio para acumular horas de útiles de literatura. Llegaba a casa rendido y cuando no me quedaba dormido dejaba el cerebro en punto muerto y me ponía a perder el tiempo de cualquier manera. Fue mala época porque no cuidé de mí mismo, pero aprendí cosas interesantes. No tenía ningún problema en dejar un libro sin terminar, y de hecho todavía lo hago todo el tiempo, pero en este caso había decidido que la resistencia no era un medio sino un fin. A pesar de lo que me costó arrastrarme por esas páginas y lo poco que lo necesitaba, terminé 'El innombrable'.

Esto es lo que aprendí de Samuel Beckett.