Apuntes sobre un nido sucio, 1.

HELADA (esc. THOMAS BERNHARD, 1964)

“(...) hay demasiadas (observaciones) que suenan como el desvarío de un lunático. (…) De vez en cuando, sin embargo, estos desvaríos alcanzan una especie de grandiosidad lírica.” (Crítica de Helada en el New York Times, octubre de 2006)

Este crítico del New York Times emitió en su día un juicio sintomático: Bernhard tiene cierta resonancia, pero como va a contrapelo del sentido común no merece la pena darle vueltas. En Wikipedia, que es un medio cuya supuesta bondad radica en lo coral con aspiraciones de neutralidad de sus contenidos, la sinopsis de Helada empieza así: Strauch, mad painter, etc. No es una cuestión menor. Presentando de esta manera al primer personaje importante de la obra narrativa de Bernhard se borran de un plumazo algunas de las complicaciones más gruesas de su visión, se desprecia la legitimidad de su conflicto por medio de un diagnóstico barato, y se desarticula el grito que atraviesa toda su producción. Hay un breve pasaje que cuesta pasar por alto durante la lectura de Helada, y el crítico lo cita en su artículo:

“El desayuno le resulta “demasiada ceremonia. Toda su ridiculez se manifiesta cuando cojo la cuchara. Toda su falta de sentido. El terrón de azúcar es realmente un atentado contra mí. El pan. La leche. Una catástrofe.” (Alianza Ed., 2003. p.126-7)

Este oxímoron inaudito le toma el pulso al lector de Bernhard. Le fuerza a tomar posiciones. Si decide que son las palabras de un loco, queda desactivada una ofensiva feroz sobre el esqueleto de la vida.

Lo peligroso, lo que las convierte en literatura, es precisamente que no lo son.