Todo se pega.

The Hilliker Curse (esc. James Ellroy, 2010)

Lo malo de comprar un Ellroy de segunda mano es que algunas páginas están pegadas.

Y ahora que me he quitado el chiste de delante: nunca había leído a James Ellroy y no creo que vuelva a hacerlo, pero esa información estaba en las premisas. Desde que me enteré de la existencia de este libro y conocí los primeros datos biográficos del autor quise ver por dónde le metía mano a un material tan volátil. Para escribir un libro como The Hilliker Curse se te tiene que morir mucha gente primero, o ya te importa todo un huevo, o sientes una urgencia tremenda de redimirte, por castigo o por perdón. O todo junto. Ellroy te cuenta que está enfermo de sexo con más aspavientos y con menos gracia que, por ejemplo, Philip Roth en Portnoy's complaint, pero esta última no deja de ser una obra de ficción. La conveniencia de asomarse a este espacio de la intimidad de un desconocido tendrá que calibrarla cada cual en casa. Yo quería, y lo he leído.

La prosa que Ellroy utiliza en esta autobiografía es un espanto. Es como un bocadillo tan cebado que no hay mano que lo sujete ni boca que lo abarque. Es como un plato de pasta con todo lo que tienes en la nevera. Es algo muy básico y muy fácil inyectado de agua y enterrado en un exceso babilónico. Una decisión consciente, porque hay sutilezas y están bien calculadas. Como otros insignes vendelibros que me vienen a la cabeza, el escritor James Ellroy no está a la altura del potencial de su biografía. Sin embargo, y en último término es lo que esperaba de este breve experimento, voy a valorarlo positivamente como la confesión de un hombre que no se siente orgulloso de sí mismo y aun así pone boca arriba algunas de las cartas más feas de su baraja. Que mire el que quiera.