Una experiencia personal de Knut Hamsun.

Cuando descubrí a Knut Hamsun leí La trilogía del vagabundo y La bendición de la tierra sin pestañear. Lo había encontrado por casualidad en una estantería y estaba entusiasmado con mi primer autor noruego. Cuando terminé aquellas mil primeras páginas quedé convencido de que estaba ante mi nuevo escritor favorito, hasta que empecé a investigar su vida y lo primero que vi fue que Knut Hamsun era un nazi.

En 2011 fui a la casa-museo de Henrik Ibsen en Oslo y disfruté de una visita guiada junto a una pareja de jubilados holandeses. Vimos el despacho donde escribía el dramaturgo, presidido por el retrato de su peor enemigo. Bajo su mirada, nos explicó la guía, Ibsen se sentía más motivado y aumentaba el nivel de exigencia con su propio trabajo. Nos asomamos a las ventanas que daban al Slottsparken. Recorrimos otros cuartos con menos mística, muy austeros, y al final pasamos al dormitorio, una pieza sencilla con una cama individual de madera. La guía nos contó que Ibsen había pasado sus últimas horas en aquella cama. El médico fue a visitarlo durante la fase final de su enfermedad y certificó que estaba en las últimas, pero para no alarmar al viejo escritor le dijo que su mejoría era notable y que saldría adelante. Con sus últimas fuerzas Ibsen gritó tvert imot!, que quiere decir al contrario en noruego, y después murió. Los holandeses hicieron 'aaaah' con los ojos muy abiertos. A mí, la verdad, también me gustó mucho la anécdota. La guía parecía muy satisfecha con el impacto de su historia. Llevo poco tiempo trabajando aquí, dijo, y todavía me emociono cuando entro en este cuarto. Sentía una gran admiración por Henrik Ibsen y lo consideraba junto a Bjørnstjerne Bjørnson el mejor escritor que había dado su país. Aproveché que los holandeses estaban mirando por la ventana del dormitorio para preguntarle: ¿Y Hamsun?

—¿Qué?

Lo estoy pronunciando mal, pensé.

—Knut Hamsun.
—¿Qué pasa con él?
—¿Ni siquiera está a la altura de Bjørnson?
—Bueno —dijo ella—, Bjørnson era mi favorito cuando iba a la escuela y después lo estudié a fondo en la universidad. Creo que es nuestro escritor más grande, como he dicho, junto a Ibsen.
—¿Y qué opinas de Hamsun? —insistí.

Los holandeses se apartaron de la ventana y volvieron a nuestro lado. La guía enlazó los dedos y me sonrió diplomáticamente.

—No hablo de traidores —zanjó.

Knut Hamsun era un escritor muy popular antes de la guerra, y no sólo en Noruega. Su influencia en toda la literatura posterior ha sido comentada por muchos escritores de peso, pero nada de esto ha servido para disimular el cráter que dejó en su reputación el filonazismo de sus últimos años. Aunque su ficción está limpia de apologías más allá de sus convicciones personales (al menos hasta donde llegan mis lecturas), dejó constancia de su adhesión y su simpatía por los invasores alemanes en un buen número de cartas y artículos, además de dedicarle a Hitler un obituario imposible de matizar. Pienso que es un caso diferente al de Céline, que redactó Bagatelas para una masacre propulsado por un odio racial sanguinario, pero hoy no quiero ir tan lejos. Hamsun era muy viejo cuando terminó la guerra y probablemente por este motivo no fue fusilado como Vidkun Quisling y otros cómplices de la ocupación de Noruega. Las autoridades lo dieron por senil y se limitaron a recluirlo en un sanatorio. Su muerte fue menos folclórica que la de Ibsen y su posteridad más complicada. La reacción de la guía de la casa-museo me confirmó que sesenta años después de su muerte los noruegos todavía no habían perdonado a Knut Hamsun.

Dejo para otro momento el relato de lo que significó para mí leer La bendición de la tierra con veinticuatro años. Enfrentarme después al legado ideológico de su autor fue complicado, muy difícil reconciliarme con el deseo de leer más y entender mejor. Con los años y las lecturas he afianzado la intención de explorar la vida y la obra de Knut Hamsun hasta las últimas consecuencias y empiezo a sentirme cómodo con la idea de defenderlo (literariamente) y tratar de comprender sus zonas oscuras sin miedo a que otros piensen que tengo algún interés en justificarlas. Tanta vuelta les parecerá una tontería a algunos y no verán motivos para que la reputación del hombre que hay detrás del escritor condicione el disfrute de una obra literaria. Otros oyen el nombre de Hamsun y no quieren complicarse la vida: valiente hijo de puta. No harán la concesión de mirarse en una firma condenada a la infamia.

No comparto ninguna de las dos posturas, pero puedo comprenderlas porque al principio de mi historia con Knut Hamsun me vi oscilando entre una y otra. Ahora, sin embargo, ya no quiero rehuir el conflicto. Creo que un lector serio tiene la obligación moral de no limitarse a consumir la literatura que apuntala sus posiciones. La humanidad, aunque a veces cueste creerlo, trasciende los límites de lo que cada uno de nosotros considera correcto, incluso cuando la línea está pintada en el suelo tan negra, tan gruesa y perfectamente visible. En este caso, para bien o para mal, también los trasciende la gran literatura.