Perfumados y culpables.

"La literatura de la pesada tiene que existir, pero si sólo existe ella, la literatura se acaba."

Si tiras una línea entre lo sublime y lo apropiado seguro que no te cruzas con Roberto Bolaño. Como todos los fenómenos editoriales que disfrutan además del reconocimiento de la crítica, el autor chileno gusta a muchos que no saben explicar por qué y repugna a muchos otros que no se han molestado en leerle. No deja de sorprender la efectividad del aspersor de prestigio que le han montado, porque un escritor de sus características más evidentes (si consigue publicar) suele terminar bajo las pezuñas de la intelligentsia, la Academia y los que disfrutan llamándose amantes de la literatura: a menudo gatos de angora que presumen de una envergadura que debe más al pelaje que a la chicha. En la conferencia Derivas de la pesada, además de autoproclamarse rata apolínea, Bolaño llama gatos de angora a esos espíritus letraheridos y a medio sublimar tan visibles en todos los frentes de la industria cultural. Igual que las señoronas de nivel, los gatos de angora se pasean por una nube de literatura atomizada para perfumarse. Cuando la rata asoma, por supuesto, levantan la nariz. Y aquí está lo extraordinario del fenómeno Bolaño: que el lugar natural de muchos de los que beben los vientos por su obra está, aparentemente, en la oposición. Deberían levantar la nariz cuando pasa la rata, aunque sea por pulcritud taxonómica.

A mí me gusta el fárrago literario, para qué negarlo. No siempre. Me gustan algunos escritores alevosos y exigentes, que ponen el listón donde les peta y te mandan desfilando al diccionario. Toda esa mierda impopular, el terrorismo palpebral de los que se crecen porque piensan que tienen talento, a veces me funciona. Sobre el papel, el trote suburbano de autores como Bolaño no me parece atractivo porque diluye ese resabio pedantón que a mí me pone.  

L'Encaisseur y yo nos respetamos tanto que casi nunca nos recomendamos libros. Quizás porque todavía no nos conocíamos muy a fondo, una vez me llamó a Granada para recomendarme un poemario. La Universidad Desconocida, por lo visto, reunía la obra completa de un poeta buenísimo que yo estaba tardando en leer. Nunca he sido un buen lector de poesía y comprar un libro de a veinte euros la pieza volaba por los aires mi presupuesto de estudiante, pero hice una excepción oportuna y gracias a esa recomendación descubrí a Roberto Bolaño. El flechazo que tuve con él, como es habitual, tuvo más que ver con la empatía que con el intelecto. A ese perdedor que se racionaba el arroz y los tomates mientras malvivía con lo que ganaba currando en un camping –y que encima te lo contaba en sus poemas sin reparos en utilizar términos tan abyectos como camping– no podía sino admirarlo como a un hermano mayor espiritual. Eso pensaba. Han pasado casi una década y bastantes lecturas desde entonces. Acabo de terminar El Tercer Reich, la primera novela que escribió y no publicó en vida, y me sorprende que la impresión de que aquel poeta era fundamentalmente íntegro siga vigente en cualquier lectura que haga de su obra.

Comentando 2666, L'Encaisseur me decía que La parte de los críticos era su favorita. Tan lineal y acumulativa, tan poco sofisticada y con esa porosidad tan propia de un borrador temprano —¿lo es?—, que la encontraba dignísima por honesta. Son los mismos motivos por los que a mí no me gustó al principio, y si no dejé 2666 a la primera de cambio fue porque en el fondo confiaba en que más adelante vendrían páginas mejor templadas. La prosa era demasiado imprecisa y estaba envenenada de clichés. Los personajes eran simples y se atareaban yendo y viniendo por motivos que a mí me daban igual. Y lo que más me quemaba, el indicio definitivo de que yo también era un gato de angora y eso de la fraternidad espiritual había sido una paja al aire, era que la novela avanzaba a puro huevo, sin tesis ni substrato, por la gracia de la potencia muscular de un narrador en trance. En último término, y para mi sorpresa, fue esto último lo que me empujó a través de los momentos más difíciles de la novela, hasta el final. Después de leer una parte importante de su obra creo que ésta es la gran virtud de Roberto Bolaño: parece inmune a la intrascendencia de su ejercicio. Porque si uno señala un texto de ficción como intrascendente, ¿en oposición a la trascendencia de qué?

Ése es el Bolaño que me gusta ahora. El Bolaño que redacta, el Bolaño chapucero. El que de vez en cuando comete tal exceso retórico o visita un lugar tan común que te apetece aventar el libro contra el encofrado, pero no lo haces porque te da la impresión de que es un exceso desganado, como si no quisiera distraerse del humilde propósito de acumular momentos e imprecisiones. Así, Bolaño trasciende con vigor los límites de su propio artefacto y pone todas sus piedras al servicio del conjunto de una obra que, mirada en perspectiva, es tan maciza y coherente como una pirámide inca. Una vista que probablemente él nunca se detuvo a contemplar, como si su consigna hubiera sido 'nunca ver el bosque', algo así. Línea, línea, punto, línea. Como diciendo: la literatura hacedla vosotros que yo tengo mucho que escribir.